
Entre serranías de un verdor selvático se erigen los vestigios totémicos de antiguas civilizaciones. Surgen monolíticos, a merced de los guaqueros que los roban para el sustento de sus familias. Escarban tras las tumbas para hacerse con el oro que acompañaba a los muertos en su tránsito funerario y lo gastan en cerveza al son de canciones de desamor y desazón. Allí, donde nace el inmenso Magdalena, se ocultó Augusto para evitar caer muerto de arrepentimiento a manos de quienes fueron las víctimas de su barbarie.
A los catorce años perpetró su primer asesinato. Vivía en un pequeño pueblo, en el norte. A la edad en la que florecen las pasiones más primarias se vio cortejando a la mujer equivocada. A la mujer de otro. Éste, ebrio e iracundo, se acercó al rincón en el que Augusto deshojaba sus palabras ante la muchacha. Puso un cuchillo en su cuello adolescente. Augusto huyó por el camino que le llevaba a su casa, en llanto.
- ¿Dónde vas, "Chamito", derramando lágrimas? - le preguntó el guerrillero a su paso.
"Chamito" le explicó que un man hijueputa le había intentado matar. El guerrillero puso un revólver cargado en sus manos inocentes y le dijo que ahora él le daría plomo. El niño aceptó. Juntos fueron a encontrar al borracho. Cuando le tuvo en frente le preguntó cuánta palabrería era capaz de decirle frente al cañón de su pistola. La respuesta no tenía importancia. "Chamito" disparó cuatro veces sobre el hombre que cayó inerte para siempre. Después huyó con el guerrillero, y ya no podría separarse de él: se había convertido en un prófugo.
Siete años anduvo por montes y selva vestido con las ropas de los rebeldes. Mató, custodió y secuestró a las órdenes de sus superiores. Le tocó combatir a sus hermanos bajo la promesa de una revolución comunista que acabaría con la desigualdad y mostraría un amanecer de dignidad a todo un país. Algunos dicen que matar quita el sueño. Para otros es un trabajo. Como el que anota asientos contables. Como el que desnuda cuerpos acribillados en la morgue. Fuera de su casa dejó hijos y mujeres sembradas en todo el inmenso territorio, allende ríos y montañas que jamás hubiera conocido si una vez no hubieran puesto un revólver en sus manos y lo hubiera percutido cuatro veces sobre un hombre embriagado e indefenso.
Siete años pasaron y se cansó de esa vida errante. Quería normalidad, y por ello escogió un pueblo sin nombre para hacerse una vida entre los campesinos y madres desgarradas. Así estuvo dos años, alejado de la sangre que se vertía en montes y claroscuros vegetales.
Un buen día llegaron unos hombres al pueblo, montados sobre una camioneta descubierta y armados con fusiles del ejército que él había combatido. Él no se acercó. Dicen que llevaron a todos los hombres del pueblo a la plaza. Allí les preguntaron quién de ellos había ayudado a los rebeldes. El silencio de los hombres amedrentados se rompió cuando uno dio un paso al frente y delató a su vecino. Otro añadió que aquél también cobijó un día a un guerrillero en su casa. Otro aseguró que una mujer había escondido al hijo de uno de los alzados.
Así los recién llegados elaboraron una lista de personas que más tarde serían troceadas con una sierra mecánica ante sus hijos, hermanos y vecinos. Augusto no salió de su casa.
Sin embargo, un buen día estos hombres se presentaron en su domicilio. Lo maniataron y lo subieron al maletero de un auto. Lo llevaron lejos, a un lugar que él desconocía y luego se le haría familiar. Allí le quitaron la mordaza.
- Sabemos con quién estuviste los últimos años.
Augusto no lo negó.
- Tienes dos opciones, morir o ayudarnos. Vamos a liberar a este país de los comunistas y de los terroristas.
- Estoy con vosotros - contestó.




