viernes 12 de diciembre de 2008

La soledad de Augusto


Entre serranías de un verdor selvático se erigen los vestigios totémicos de antiguas civilizaciones. Surgen monolíticos, a merced de los guaqueros que los roban para el sustento de sus familias. Escarban tras las tumbas para hacerse con el oro que acompañaba a los muertos en su tránsito funerario y lo gastan en cerveza al son de canciones de desamor y desazón. Allí, donde nace el inmenso Magdalena, se ocultó Augusto para evitar caer muerto de arrepentimiento a manos de quienes fueron las víctimas de su barbarie.

A los catorce años perpetró su primer asesinato. Vivía en un pequeño pueblo, en el norte. A la edad en la que florecen las pasiones más primarias se vio cortejando a la mujer equivocada. A la mujer de otro. Éste, ebrio e iracundo, se acercó al rincón en el que Augusto deshojaba sus palabras ante la muchacha. Puso un cuchillo en su cuello adolescente. Augusto huyó por el camino que le llevaba a su casa, en llanto.

- ¿Dónde vas, "Chamito", derramando lágrimas? - le preguntó el guerrillero a su paso.

"Chamito" le explicó que un man hijueputa le había intentado matar. El guerrillero puso un revólver cargado en sus manos inocentes y le dijo que ahora él le daría plomo. El niño aceptó. Juntos fueron a encontrar al borracho. Cuando le tuvo en frente le preguntó cuánta palabrería era capaz de decirle frente al cañón de su pistola. La respuesta no tenía importancia. "Chamito" disparó cuatro veces sobre el hombre que cayó inerte para siempre. Después huyó con el guerrillero, y ya no podría separarse de él: se había convertido en un prófugo.

Siete años anduvo por montes y selva vestido con las ropas de los rebeldes. Mató, custodió y secuestró a las órdenes de sus superiores. Le tocó combatir a sus hermanos bajo la promesa de una revolución comunista que acabaría con la desigualdad y mostraría un amanecer de dignidad a todo un país. Algunos dicen que matar quita el sueño. Para otros es un trabajo. Como el que anota asientos contables. Como el que desnuda cuerpos acribillados en la morgue. Fuera de su casa dejó hijos y mujeres sembradas en todo el inmenso territorio, allende ríos y montañas que jamás hubiera conocido si una vez no hubieran puesto un revólver en sus manos y lo hubiera percutido cuatro veces sobre un hombre embriagado e indefenso.

Siete años pasaron y se cansó de esa vida errante. Quería normalidad, y por ello escogió un pueblo sin nombre para hacerse una vida entre los campesinos y madres desgarradas. Así estuvo dos años, alejado de la sangre que se vertía en montes y claroscuros vegetales.

Un buen día llegaron unos hombres al pueblo, montados sobre una camioneta descubierta y armados con fusiles del ejército que él había combatido. Él no se acercó. Dicen que llevaron a todos los hombres del pueblo a la plaza. Allí les preguntaron quién de ellos había ayudado a los rebeldes. El silencio de los hombres amedrentados se rompió cuando uno dio un paso al frente y delató a su vecino. Otro añadió que aquél también cobijó un día a un guerrillero en su casa. Otro aseguró que una mujer había escondido al hijo de uno de los alzados.

Así los recién llegados elaboraron una lista de personas que más tarde serían troceadas con una sierra mecánica ante sus hijos, hermanos y vecinos. Augusto no salió de su casa.

Sin embargo, un buen día estos hombres se presentaron en su domicilio. Lo maniataron y lo subieron al maletero de un auto. Lo llevaron lejos, a un lugar que él desconocía y luego se le haría familiar. Allí le quitaron la mordaza.

- Sabemos con quién estuviste los últimos años.

Augusto no lo negó.

- Tienes dos opciones, morir o ayudarnos. Vamos a liberar a este país de los comunistas y de los terroristas.

- Estoy con vosotros - contestó.

lunes 4 de agosto de 2008

Sangre seca


El teniente de marina me conminó a quedarme con él en el tugurio. La luz cegadora ya traspasaba el umbral y los mozos nos aceptaban a regañadientes mientras soportaban las chanzas del militar.

"¡Vamos a mi casa a hacer una caja más!"- dijo el teniente. Una caja era de cervezas, de las de nueve botellas de tres cuartos.

La calle hacia su casa era muy empinada y en todos sus recodos hervían un brevaje o se servía jugo de manzana con quínua.

Poco a poco, ante mis ojos, el teniente perdía todo atisbo de hombría. Estaba empeñado en que creyese su historia, que Panamá cedía sus aguas territoriales para las maniobras, que él era un marino, que era muy respetado... Yo no lo había puesto en duda hasta que su voz socarrona se transformó en un ridículo balbuceo que imploraba mi favor.

Al acercarnos a su casa topó con su madre. No sé cómo pretendía evitarlo ya que precisamente ella era la tendera que nos iba a vender la cerveza. Él se disculpó una y otra vez por ella ya que, contra todo pronóstico, se trataba de una humilde cholita de dos trenzas. Según él, eso podía poner en duda la credibilidad de todo su relato y, lo que es peor, su respetabilidad y ascendiente. Es una vergüenza ser hijo de una indígena. Su propia madre se negó a venderle más néctar. Cuando intenté desentenderme de la situación, él me condujo con firmeza a su cuchitril.

Su habitación estaba en la planta superior. Constaba de un pasillo descubierto y de una sola pieza separada por una cortina. De repente rompió a llorar, me confesó su homosexualidad. Estaba descompuesto y, cuando me ofreció ataviarse con el uniforme de la marina, le abracé y le dije que no hacía falta, que estaba todo bien, que no debía preocuparse. Era un homosexual reprimido por una sociedad no preparada. Se empeñaba en ser autoritario para disimular su condición interpretada como debilidad, y se vio confundido por la proverbial propensión de los extranjeros al sexo anal.

Una vez le consolé, me suplicó que esperase sentado mientras iba a por la cerveza de nuevo. Y accedí.

Intenté fotocopiar con mi retina aquel lugar. Pintura turquesa desconchada, una mesa de madera, su habitación, un tendedero... Y en la esquina, ¿qué hacía un traje de baño en una ciudad sin piscinas? Horrorizado, pude ver que estaba lleno de sangre seca. En aquel momento mis temores de violación ya eran superlativos.

Salí corriendo, dispuesto a golpearle con una botella de vidrio si impedía mi huída. Bajé las escaleras, llegué a la calle y ahí estaba, discutiendo con su madre.

Yo no quería herirle. Le dije que tardaba mucho y yo tenía que regresar a mi pensión. Él ya no sabía como retenerme. Era un día abierto, claro, límpido en La Paz.

Me acompañó con su brazo enhebrado en el mío hasta mis aposentos. Una vez allí, intentó forzar a mi compañero: beber es cosa de hombres.

Yo me escondí en la letrina hasta que desapareció para siempre, pero no de mi memoria.

lunes 21 de julio de 2008

El caso Müller y la percepción acomodaticia


En marzo de 2007, en una de mis visitas al hospital psiquiátrico departamental, tuve la ocasión de enfrentarme a uno de los seres más inquietantemente lúcidos que he conocido. El motivo era una simple entrevista sobre el mal inherente al ciudadano medio del capitalismo tardío. Óscar Müller, tras doce años de confinamiento en el pabellón de alta seguridad, aún mantenía una actividad intelectual frenética y sentía que su orden de reclusión era un simple mecanismo administrativo para mantener la paz social.

Müller fue inicialmente condenado a ochenta años de confinamiento en el presidio por el cuádruple asesinato de su mujer, sus dos hijas y su madre. Más tarde le conmutarían la pena por reclusión sine die en el frenopático. Licenciado en la London School of Economics, hijo de una pudiente familia de ascendencia alemana, Müller era una persona que contaba con un notable éxito profesional y social. Heredó el negocio peletero de su padre y lo transformó en una franquicia de difusión mundial. Su mujer gozaba de buena reputación como profesora en el departamento de análisis corporativo de la universidad estatal. Sus hijas, una de veintiún años y la otra de diecisiete en el momento del deceso, eran buenas deportistas, decentes estudiantes y participaban de una vida social coyuntural junto a los otros vástagos de familias acomodadas de la ciudad.

El expediente de Müller estaba encabezado con la apostilla de "Oneirofrenia aguda". Esta dolencia, similar en crisis agudas con la esquizofrenia, llevaba a Müller, según los psiquiatras, a entrar en períodos de ensoñación en los que él mismo creía estar viviendo en una especie de sueño lúcido, cuya realidad era manipulable y cuyas consecuencias eran irrelevantes.

Los familiares del paciente establecieron que su primer episodio se dio en el cumpleaños diecisiete de su hija menor, Kathia. Ese día, Müller regresó muy excitado de su trabajo. Al parecer, tras cerrar unos contratos de vital importancia con unos empresarios orientales que consolidaban un año entero de trabajo, Müller se dirigió a sellarlos a la notaría. El fedatario se negó a rubricar su validez porque en su documento de identidad figuraba el nombre en su versión alemana, "Oskar", mientras que en los contratos estaba escrito "Óscar". Müller se enfureció. El notario alegó que podía llevar a confusiones. Así, el día del trato concluyó y se requeriría de una nueva cita para cerrarlo definitivamente.

Müller regresó a su casa colérico y habiendo olvidado por completo el cumpleaños de Kathia. Se encontró con una mesa preparada, sus hijas y su esposa sentadas alrededor de un tremendo banquete y una presencia extraña. Su hija había aprovechado la ocasión para presenetar a su novio, el hijo de una riquísima familia con tradición en la ciudad, conocido por haber tomado uno de los caballos de su padre y haberlo atado en la puerta de un bar de alterne con tan solo diecisiete años.

La cena fue un suplicio para Müller. Su hija le reprochó desde el primer momento no haberse acordado de su cumpleaños, pero sobretodo le recriminaba la falta de un regalo. Su recién presentada pareja decidió que ese era el día para demostrar cómo la educación en el dinero puede llevar a un adolescente a confundir el buen gusto con la opulencia. Su mujer, por el contrario, parecía encantada con la supuesta feminidad de sus hijas, traducida en un verdadero desprecio por lo abstracto.

Cuando acabó el acto protocolario, Müller indicó a su mujer que se iba al Pub a tomarse una copa, algo inusual en él y que confundió a todos los presentes. Cogió el gabán y se marchó del apartamento sin apenas despedirse.

Acomodado en la barra, pidió una copa de Napoleón, según me explicó. Luego otra. A su lado un hombre maduro de cara grasienta invitaba a un gin tonic a una joven que parecía más una prostituta que su amante. En una de las mesas, una pareja sorbía con parsimonia sus pintas de Guinness sin dirigirse la palabra. Un grupo de jóvenes jugaba a los dardos sin demasiado entusiasmo. Así pasó el tiempo hasta que él resultó el último cliente y el barman ya había rociado de ginebra la barra.

Fue en aquel momento cuando Müller le agarró de la solapa. Los psiquiatras afirman que ahí se dio el clic definitivo a su trastorno, cuando elucubró toda una teoría sobre la percepción de la propia psique que más allá de ser certera estaba en el marco de una ensoñación delirante que le llevaría poco después a la ejecución de todos sus familiares.

Sin más, vayamos a la entrevista.

jueves 17 de julio de 2008

Presidio y moral democrática I

El debate que subyace ante el terror inflingido aribitrariamente es el de la raíz de su repulsión. Aparentemente, la persona mentalmente sana no concebirá el uso del mal como castigo a una persona inocente. Tampoco, en una democracia como la nuestra, votaría por quien castigara al inocente. El demócrata correcto votará por un estado de derecho que castigue al culpable de manera proporcional.

El párrafo anterior pasará desapercibido para la mayor parte de los lectores. Nuestro cerebro está diseñado, en aras de la eficiencia, a descartar todo aquello superfluo por no aportar información. La mayoría de personas de una gran ciudad es incapaz de describir, por ejemplo, cuál es el quinto edificio que hay antes de llegar a su casa (a no ser que sea realmente especial). Probablemente ha pasado ante él durante años. Pero no se fijará hasta que algún elemento externo lo saque de su contexto anodino habitual. Un cristal roto, una brecha, una capa de pintura, o su aparición en una fotografía harán que repare en esa construcción. Esto es lo mismo que sucede con nuestra sique y nuestra moral: los valores interiorizados carecen de interés si no son subvertidos de alguna manera.

Sin embargo, el párrafo esconde un elemento que debería hacer detenerse a la mente del correcto demócrata. Todos los códigos penales modernos excluyen el castigo como fin de la pena y fundamentan las medidas penales en su objetivo de resocializar al hallado culpable.
De esta manera, el legislador de la democracia moderna intenta eludir el castigo como fin por ser intolerable en una sociedad civilizada. Sin embargo, emplea medidas "penales", que en su sentido estricto significan medidas de castigo, pero cuyo fin no es el castigo en sí mismo sino la resocialización del individuo.

Foucault analizó en su ensayo "Vigilar y Castigar" el nacimiento de las prisiones y la evolución desde el castigo público, vergonzante para el reo y ejemplarizante para la sociedad (las penas a ser sometido a suplicio público) a la cárcel higiénica del Panóptico concebida por Jeremy Bentham (esa estructura circular con un centro del que salen corredores radiales y que permite controlar al preso sin que él pueda ver al guardián, pese a saberse vigilado). Por un lado se produce el traslado del castigo físico al castigo "del alma". Por otro lado se higieniza el suministro de la justicia, se torna aséptica, pierde su pasión, y con ello se torna igualitaria para los presos.

Pude ver los últimos estertores de la prisión Modelo de Barcelona, herencia del panopticismo del XIX, en sus últimos meses de funcionamiento. El Panóptico significó la humillación tecnificada, un concepto mucho más siniestro que el simple mal trato. No por el hacinamiento, con ocho personas para habitaciones dobles, un problema que al fin y a al cabo es generalizado en las poblaciones reclusas de todo el mundo y no es una sorpresa para el reo. Pese a ser ilícito, si no es desmesurado cumple con las expectativas que toda persona tiene en un presidio. Dos elementos llamaron mi atención. En primer lugar, para una población de unos 2.000 "internos" (Foucault señala este eufemismo) los vigilantes se encargaban de dos cientos reclusos por cabeza. Mediante un sistema de turnos para dejar a los presos realizar sus actividades cotidianas (comidas, aseos, paseos, talleres...), un solo carcelero domina a dos cientos presos. No es baladí escribir 'carcelero' concretamente. La higiene moral de nuestro tiempo nos obliga a denominarlos 'funcionarios de prisiones', poniendo en el misma rango al vigilante y al psicólogo. Para toda persona esa mera situación de impotencia es capaz de producir la más sofisticada de las torturas. El segundo aspecto es que los presos de la prisión Modelo tenían la opción de trabajar y la mayoría de puestos estaban destinados a un fin manifiestamente degradante para el que ha sido "procesado", aún sea en el marco de un sistema democrático: confeccionar papeles legalizados para tramitar expedientes judiciales.

El "culpable" es en primer lugar privado del bien más preciado por la mayoría de personas (lo último que le queda incluso al loco errante): la libertad. Lo es en su dimensión obvia del movimiento (y no es por sencilla la menos cruel), pero también de socialización, de comunicación, de realización personal... Los intentos de regular ese tipo de actividades (en la prisión todo está regulado) no pueden esconder que la eliminación de la libertad es total, pese a los "vis a vis", las comunicaciones por otras vías y los trabajos realizados en el presidio.

miércoles 16 de julio de 2008

A propósito de Aleksander Solzhenitsyn

Solzhenitsyn publicó en la década de los setenta el "monumental" Archipiélago Gulag. A lo largo de dos mil páginas relata cómo el sistema penitenciario ruso fue capaz de ejecutar a veinte millones de personas (las cifras son muy controvertidas) y son los propios supervivientes, como él, quienes aportan su testimonio a esta denuncia ineludible. Solzhenitsyn se vio forzado a editarlo en París cuando una de las copias clandestinas del libro cayó en las manos del KGB a sabiendas de que más adelante, pese a que Nikita Jrushchov había reconocido las atrocidades de Stalin en el XX Congreso del PCUS, sería desterrado.
La incomprensión del lector cuando recorre atónito la historia carcelaria de la URSS genera una violencia incontenible, un asco primario ante el totalitarismo, una aversión ante la sistematización del terror y su administración clínica.

Atemoriza la mera posibilidad de que entre esos veinte millones de personas, del centenar de millones que pisaron el gulag, la mayoría jamás hubiera cometido un crimen (ninguno que pudiera plasmarse en un código penal moderno). Eran políticos, pensadores, ingenieros, obreros y otros engranajes molestos de la sociedad depurados en el nombre de una teoría de justicia revolucionaria que debiera hacerles más libres. Millones de ejecutados tras procesos fríamente calculados, naciones gobernadas como granjas bajo el peligro de epidemia: aislar o matar.

Para el Soviet Supremo el mal estaba perfectamente acotado, definido en el artículo 58 del Código Penal de 1934 (contra todo potencial criminal político). El mal tenía forma, era aprehensible, comprensible, concreto: perdió su valor mítico y pudo ser ejecutado. La genuina expresión de la banalidad del mal descrita por Arendt en su célebre Eichmann en Jersalén.

Nos ponemos en la piel de S. Tras años de combate por nuestra patria, a la que sentimos como tal, nos llaman dos agentes. Debemos acompañarles. Cargamos nosotros mismos con nuestra maleta y regresamos a Moscú. Ellos andan perdidos, no conocen la ciudad, y NOSOTROS MISMOS les mostramos el camino hasta el centro de instrucción policial. Somos inocentes ¿qué más da? Es una equivocación. No, no es una equivocación: son ocho años de presidio mortal y, si sobrevivimos, sólo nos queda el destierro perpetuo.

¡Saturno devorando a sus hijos! ¡Oh, no! ¿Cómo tanta crueldad? ¡Ni hablar! ¿Hacinarnos a cincuenta en celdas de seis? ¿Echar sopa putrefacta en las capuchas de nuestros chaquetones para que nos la comamos? ¡Imposible! ¡¿Cómo?! ¿Ahora nos quieren matar a trabajos forzados? ¡Si somos los hijos de la PATRIA!

Nos repugna un estado capaz de procesar a sus ciudadanos como si fueran ganado al que se ejecuta para que no baje de precio la carne. NOSOTROS no somos animales.

El horror nazi, el horror de Stalin, el horror khmer... Campos de concentraciones, penitenciaría generalizada, pena de muerte... Hiel del siglo XX. Imaginario de fantasías que nos recorren la columna como cuchillas. Nosotros no somos responsables. ¿Podríamos haberlo sido? La respuesta es no (dijeron ellos).