El debate que subyace ante el terror inflingido aribitrariamente es el de la raíz de su repulsión. Aparentemente, la persona mentalmente sana no concebirá el uso del mal como castigo a una persona inocente. Tampoco, en una democracia como la nuestra, votaría por quien castigara al inocente. El demócrata correcto votará por un estado de derecho que castigue al culpable de manera proporcional.
El párrafo anterior pasará desapercibido para la mayor parte de los lectores. Nuestro cerebro está diseñado, en aras de la eficiencia, a descartar todo aquello superfluo por no aportar información. La mayoría de personas de una gran ciudad es incapaz de describir, por ejemplo, cuál es el quinto edificio que hay antes de llegar a su casa (a no ser que sea realmente especial). Probablemente ha pasado ante él durante años. Pero no se fijará hasta que algún elemento externo lo saque de su contexto anodino habitual. Un cristal roto, una brecha, una capa de pintura, o su aparición en una fotografía harán que repare en esa construcción. Esto es lo mismo que sucede con nuestra sique y nuestra moral: los valores interiorizados carecen de interés si no son subvertidos de alguna manera.
Sin embargo, el párrafo esconde un elemento que debería hacer detenerse a la mente del correcto demócrata. Todos los códigos penales modernos excluyen el castigo como fin de la pena y fundamentan las medidas penales en su objetivo de resocializar al hallado culpable.
De esta manera, el legislador de la democracia moderna intenta eludir el castigo como fin por ser intolerable en una sociedad civilizada. Sin embargo, emplea medidas "penales", que en su sentido estricto significan medidas de castigo, pero cuyo fin no es el castigo en sí mismo sino la resocialización del individuo.
Foucault analizó en su ensayo "Vigilar y Castigar" el nacimiento de las prisiones y la evolución desde el castigo público, vergonzante para el reo y ejemplarizante para la sociedad (las penas a ser sometido a suplicio público) a la cárcel higiénica del Panóptico concebida por Jeremy Bentham (esa estructura circular con un centro del que salen corredores radiales y que permite controlar al preso sin que él pueda ver al guardián, pese a saberse vigilado). Por un lado se produce el traslado del castigo físico al castigo "del alma". Por otro lado se higieniza el suministro de la justicia, se torna aséptica, pierde su pasión, y con ello se torna igualitaria para los presos.
Pude ver los últimos estertores de la prisión Modelo de Barcelona, herencia del panopticismo del XIX, en sus últimos meses de funcionamiento. El Panóptico significó la humillación tecnificada, un concepto mucho más siniestro que el simple mal trato. No por el hacinamiento, con ocho personas para habitaciones dobles, un problema que al fin y a al cabo es generalizado en las poblaciones reclusas de todo el mundo y no es una sorpresa para el reo. Pese a ser ilícito, si no es desmesurado cumple con las expectativas que toda persona tiene en un presidio. Dos elementos llamaron mi atención. En primer lugar, para una población de unos 2.000 "internos" (Foucault señala este eufemismo) los vigilantes se encargaban de dos cientos reclusos por cabeza. Mediante un sistema de turnos para dejar a los presos realizar sus actividades cotidianas (comidas, aseos, paseos, talleres...), un solo carcelero domina a dos cientos presos. No es baladí escribir 'carcelero' concretamente. La higiene moral de nuestro tiempo nos obliga a denominarlos 'funcionarios de prisiones', poniendo en el misma rango al vigilante y al psicólogo. Para toda persona esa mera situación de impotencia es capaz de producir la más sofisticada de las torturas. El segundo aspecto es que los presos de la prisión Modelo tenían la opción de trabajar y la mayoría de puestos estaban destinados a un fin manifiestamente degradante para el que ha sido "procesado", aún sea en el marco de un sistema democrático: confeccionar papeles legalizados para tramitar expedientes judiciales.
El "culpable" es en primer lugar privado del bien más preciado por la mayoría de personas (lo último que le queda incluso al loco errante): la libertad. Lo es en su dimensión obvia del movimiento (y no es por sencilla la menos cruel), pero también de socialización, de comunicación, de realización personal... Los intentos de regular ese tipo de actividades (en la prisión todo está regulado) no pueden esconder que la eliminación de la libertad es total, pese a los "vis a vis", las comunicaciones por otras vías y los trabajos realizados en el presidio.
El párrafo anterior pasará desapercibido para la mayor parte de los lectores. Nuestro cerebro está diseñado, en aras de la eficiencia, a descartar todo aquello superfluo por no aportar información. La mayoría de personas de una gran ciudad es incapaz de describir, por ejemplo, cuál es el quinto edificio que hay antes de llegar a su casa (a no ser que sea realmente especial). Probablemente ha pasado ante él durante años. Pero no se fijará hasta que algún elemento externo lo saque de su contexto anodino habitual. Un cristal roto, una brecha, una capa de pintura, o su aparición en una fotografía harán que repare en esa construcción. Esto es lo mismo que sucede con nuestra sique y nuestra moral: los valores interiorizados carecen de interés si no son subvertidos de alguna manera.
Sin embargo, el párrafo esconde un elemento que debería hacer detenerse a la mente del correcto demócrata. Todos los códigos penales modernos excluyen el castigo como fin de la pena y fundamentan las medidas penales en su objetivo de resocializar al hallado culpable.
De esta manera, el legislador de la democracia moderna intenta eludir el castigo como fin por ser intolerable en una sociedad civilizada. Sin embargo, emplea medidas "penales", que en su sentido estricto significan medidas de castigo, pero cuyo fin no es el castigo en sí mismo sino la resocialización del individuo.
Foucault analizó en su ensayo "Vigilar y Castigar" el nacimiento de las prisiones y la evolución desde el castigo público, vergonzante para el reo y ejemplarizante para la sociedad (las penas a ser sometido a suplicio público) a la cárcel higiénica del Panóptico concebida por Jeremy Bentham (esa estructura circular con un centro del que salen corredores radiales y que permite controlar al preso sin que él pueda ver al guardián, pese a saberse vigilado). Por un lado se produce el traslado del castigo físico al castigo "del alma". Por otro lado se higieniza el suministro de la justicia, se torna aséptica, pierde su pasión, y con ello se torna igualitaria para los presos.
Pude ver los últimos estertores de la prisión Modelo de Barcelona, herencia del panopticismo del XIX, en sus últimos meses de funcionamiento. El Panóptico significó la humillación tecnificada, un concepto mucho más siniestro que el simple mal trato. No por el hacinamiento, con ocho personas para habitaciones dobles, un problema que al fin y a al cabo es generalizado en las poblaciones reclusas de todo el mundo y no es una sorpresa para el reo. Pese a ser ilícito, si no es desmesurado cumple con las expectativas que toda persona tiene en un presidio. Dos elementos llamaron mi atención. En primer lugar, para una población de unos 2.000 "internos" (Foucault señala este eufemismo) los vigilantes se encargaban de dos cientos reclusos por cabeza. Mediante un sistema de turnos para dejar a los presos realizar sus actividades cotidianas (comidas, aseos, paseos, talleres...), un solo carcelero domina a dos cientos presos. No es baladí escribir 'carcelero' concretamente. La higiene moral de nuestro tiempo nos obliga a denominarlos 'funcionarios de prisiones', poniendo en el misma rango al vigilante y al psicólogo. Para toda persona esa mera situación de impotencia es capaz de producir la más sofisticada de las torturas. El segundo aspecto es que los presos de la prisión Modelo tenían la opción de trabajar y la mayoría de puestos estaban destinados a un fin manifiestamente degradante para el que ha sido "procesado", aún sea en el marco de un sistema democrático: confeccionar papeles legalizados para tramitar expedientes judiciales.
El "culpable" es en primer lugar privado del bien más preciado por la mayoría de personas (lo último que le queda incluso al loco errante): la libertad. Lo es en su dimensión obvia del movimiento (y no es por sencilla la menos cruel), pero también de socialización, de comunicación, de realización personal... Los intentos de regular ese tipo de actividades (en la prisión todo está regulado) no pueden esconder que la eliminación de la libertad es total, pese a los "vis a vis", las comunicaciones por otras vías y los trabajos realizados en el presidio.


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