Solzhenitsyn publicó en la década de los setenta el "monumental" Archipiélago Gulag. A lo largo de dos mil páginas relata cómo el sistema penitenciario ruso fue capaz de ejecutar a veinte millones de personas (las cifras son muy controvertidas) y son los propios supervivientes, como él, quienes aportan su testimonio a esta denuncia ineludible. Solzhenitsyn se vio forzado a editarlo en París cuando una de las copias clandestinas del libro cayó en las manos del KGB a sabiendas de que más adelante, pese a que Nikita Jrushchov había reconocido las atrocidades de Stalin en el XX Congreso del PCUS, sería desterrado.
La incomprensión del lector cuando recorre atónito la historia carcelaria de la URSS genera una violencia incontenible, un asco primario ante el totalitarismo, una aversión ante la sistematización del terror y su administración clínica.
Atemoriza la mera posibilidad de que entre esos veinte millones de personas, del centenar de millones que pisaron el gulag, la mayoría jamás hubiera cometido un crimen (ninguno que pudiera plasmarse en un código penal moderno). Eran políticos, pensadores, ingenieros, obreros y otros engranajes molestos de la sociedad depurados en el nombre de una teoría de justicia revolucionaria que debiera hacerles más libres. Millones de ejecutados tras procesos fríamente calculados, naciones gobernadas como granjas bajo el peligro de epidemia: aislar o matar.
Para el Soviet Supremo el mal estaba perfectamente acotado, definido en el artículo 58 del Código Penal de 1934 (contra todo potencial criminal político). El mal tenía forma, era aprehensible, comprensible, concreto: perdió su valor mítico y pudo ser ejecutado. La genuina expresión de la banalidad del mal descrita por Arendt en su célebre Eichmann en Jersalén.
Nos ponemos en la piel de S. Tras años de combate por nuestra patria, a la que sentimos como tal, nos llaman dos agentes. Debemos acompañarles. Cargamos nosotros mismos con nuestra maleta y regresamos a Moscú. Ellos andan perdidos, no conocen la ciudad, y NOSOTROS MISMOS les mostramos el camino hasta el centro de instrucción policial. Somos inocentes ¿qué más da? Es una equivocación. No, no es una equivocación: son ocho años de presidio mortal y, si sobrevivimos, sólo nos queda el destierro perpetuo.
¡Saturno devorando a sus hijos! ¡Oh, no! ¿Cómo tanta crueldad? ¡Ni hablar! ¿Hacinarnos a cincuenta en celdas de seis? ¿Echar sopa putrefacta en las capuchas de nuestros chaquetones para que nos la comamos? ¡Imposible! ¡¿Cómo?! ¿Ahora nos quieren matar a trabajos forzados? ¡Si somos los hijos de la PATRIA!
Nos repugna un estado capaz de procesar a sus ciudadanos como si fueran ganado al que se ejecuta para que no baje de precio la carne. NOSOTROS no somos animales.
El horror nazi, el horror de Stalin, el horror khmer... Campos de concentraciones, penitenciaría generalizada, pena de muerte... Hiel del siglo XX. Imaginario de fantasías que nos recorren la columna como cuchillas. Nosotros no somos responsables. ¿Podríamos haberlo sido? La respuesta es no (dijeron ellos).
La incomprensión del lector cuando recorre atónito la historia carcelaria de la URSS genera una violencia incontenible, un asco primario ante el totalitarismo, una aversión ante la sistematización del terror y su administración clínica.Atemoriza la mera posibilidad de que entre esos veinte millones de personas, del centenar de millones que pisaron el gulag, la mayoría jamás hubiera cometido un crimen (ninguno que pudiera plasmarse en un código penal moderno). Eran políticos, pensadores, ingenieros, obreros y otros engranajes molestos de la sociedad depurados en el nombre de una teoría de justicia revolucionaria que debiera hacerles más libres. Millones de ejecutados tras procesos fríamente calculados, naciones gobernadas como granjas bajo el peligro de epidemia: aislar o matar.
Para el Soviet Supremo el mal estaba perfectamente acotado, definido en el artículo 58 del Código Penal de 1934 (contra todo potencial criminal político). El mal tenía forma, era aprehensible, comprensible, concreto: perdió su valor mítico y pudo ser ejecutado. La genuina expresión de la banalidad del mal descrita por Arendt en su célebre Eichmann en Jersalén.
Nos ponemos en la piel de S. Tras años de combate por nuestra patria, a la que sentimos como tal, nos llaman dos agentes. Debemos acompañarles. Cargamos nosotros mismos con nuestra maleta y regresamos a Moscú. Ellos andan perdidos, no conocen la ciudad, y NOSOTROS MISMOS les mostramos el camino hasta el centro de instrucción policial. Somos inocentes ¿qué más da? Es una equivocación. No, no es una equivocación: son ocho años de presidio mortal y, si sobrevivimos, sólo nos queda el destierro perpetuo.
¡Saturno devorando a sus hijos! ¡Oh, no! ¿Cómo tanta crueldad? ¡Ni hablar! ¿Hacinarnos a cincuenta en celdas de seis? ¿Echar sopa putrefacta en las capuchas de nuestros chaquetones para que nos la comamos? ¡Imposible! ¡¿Cómo?! ¿Ahora nos quieren matar a trabajos forzados? ¡Si somos los hijos de la PATRIA!
Nos repugna un estado capaz de procesar a sus ciudadanos como si fueran ganado al que se ejecuta para que no baje de precio la carne. NOSOTROS no somos animales.
El horror nazi, el horror de Stalin, el horror khmer... Campos de concentraciones, penitenciaría generalizada, pena de muerte... Hiel del siglo XX. Imaginario de fantasías que nos recorren la columna como cuchillas. Nosotros no somos responsables. ¿Podríamos haberlo sido? La respuesta es no (dijeron ellos).


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