lunes 4 de agosto de 2008

Sangre seca


El teniente de marina me conminó a quedarme con él en el tugurio. La luz cegadora ya traspasaba el umbral y los mozos nos aceptaban a regañadientes mientras soportaban las chanzas del militar.

"¡Vamos a mi casa a hacer una caja más!"- dijo el teniente. Una caja era de cervezas, de las de nueve botellas de tres cuartos.

La calle hacia su casa era muy empinada y en todos sus recodos hervían un brevaje o se servía jugo de manzana con quínua.

Poco a poco, ante mis ojos, el teniente perdía todo atisbo de hombría. Estaba empeñado en que creyese su historia, que Panamá cedía sus aguas territoriales para las maniobras, que él era un marino, que era muy respetado... Yo no lo había puesto en duda hasta que su voz socarrona se transformó en un ridículo balbuceo que imploraba mi favor.

Al acercarnos a su casa topó con su madre. No sé cómo pretendía evitarlo ya que precisamente ella era la tendera que nos iba a vender la cerveza. Él se disculpó una y otra vez por ella ya que, contra todo pronóstico, se trataba de una humilde cholita de dos trenzas. Según él, eso podía poner en duda la credibilidad de todo su relato y, lo que es peor, su respetabilidad y ascendiente. Es una vergüenza ser hijo de una indígena. Su propia madre se negó a venderle más néctar. Cuando intenté desentenderme de la situación, él me condujo con firmeza a su cuchitril.

Su habitación estaba en la planta superior. Constaba de un pasillo descubierto y de una sola pieza separada por una cortina. De repente rompió a llorar, me confesó su homosexualidad. Estaba descompuesto y, cuando me ofreció ataviarse con el uniforme de la marina, le abracé y le dije que no hacía falta, que estaba todo bien, que no debía preocuparse. Era un homosexual reprimido por una sociedad no preparada. Se empeñaba en ser autoritario para disimular su condición interpretada como debilidad, y se vio confundido por la proverbial propensión de los extranjeros al sexo anal.

Una vez le consolé, me suplicó que esperase sentado mientras iba a por la cerveza de nuevo. Y accedí.

Intenté fotocopiar con mi retina aquel lugar. Pintura turquesa desconchada, una mesa de madera, su habitación, un tendedero... Y en la esquina, ¿qué hacía un traje de baño en una ciudad sin piscinas? Horrorizado, pude ver que estaba lleno de sangre seca. En aquel momento mis temores de violación ya eran superlativos.

Salí corriendo, dispuesto a golpearle con una botella de vidrio si impedía mi huída. Bajé las escaleras, llegué a la calle y ahí estaba, discutiendo con su madre.

Yo no quería herirle. Le dije que tardaba mucho y yo tenía que regresar a mi pensión. Él ya no sabía como retenerme. Era un día abierto, claro, límpido en La Paz.

Me acompañó con su brazo enhebrado en el mío hasta mis aposentos. Una vez allí, intentó forzar a mi compañero: beber es cosa de hombres.

Yo me escondí en la letrina hasta que desapareció para siempre, pero no de mi memoria.

1 comentarios:

Enigma dijo...

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