En marzo de 2007, en una de mis visitas al hospital psiquiátrico departamental, tuve la ocasión de enfrentarme a uno de los seres más inquietantemente lúcidos que he conocido. El motivo era una simple entrevista sobre el mal inherente al ciudadano medio del capitalismo tardío. Óscar Müller, tras doce años de confinamiento en el pabellón de alta seguridad, aún mantenía una actividad intelectual frenética y sentía que su orden de reclusión era un simple mecanismo administrativo para mantener la paz social.
Müller fue inicialmente condenado a ochenta años de confinamiento en el presidio por el cuádruple asesinato de su mujer, sus dos hijas y su madre. Más tarde le conmutarían la pena por reclusión sine die en el frenopático. Licenciado en la London School of Economics, hijo de una pudiente familia de ascendencia alemana, Müller era una persona que contaba con un notable éxito profesional y social. Heredó el negocio peletero de su padre y lo transformó en una franquicia de difusión mundial. Su mujer gozaba de buena reputación como profesora en el departamento de análisis corporativo de la universidad estatal. Sus hijas, una de veintiún años y la otra de diecisiete en el momento del deceso, eran buenas deportistas, decentes estudiantes y participaban de una vida social coyuntural junto a los otros vástagos de familias acomodadas de la ciudad.
El expediente de Müller estaba encabezado con la apostilla de "Oneirofrenia aguda". Esta dolencia, similar en crisis agudas con la esquizofrenia, llevaba a Müller, según los psiquiatras, a entrar en períodos de ensoñación en los que él mismo creía estar viviendo en una especie de sueño lúcido, cuya realidad era manipulable y cuyas consecuencias eran irrelevantes.
Los familiares del paciente establecieron que su primer episodio se dio en el cumpleaños diecisiete de su hija menor, Kathia. Ese día, Müller regresó muy excitado de su trabajo. Al parecer, tras cerrar unos contratos de vital importancia con unos empresarios orientales que consolidaban un año entero de trabajo, Müller se dirigió a sellarlos a la notaría. El fedatario se negó a rubricar su validez porque en su documento de identidad figuraba el nombre en su versión alemana, "Oskar", mientras que en los contratos estaba escrito "Óscar". Müller se enfureció. El notario alegó que podía llevar a confusiones. Así, el día del trato concluyó y se requeriría de una nueva cita para cerrarlo definitivamente.
Müller regresó a su casa colérico y habiendo olvidado por completo el cumpleaños de Kathia. Se encontró con una mesa preparada, sus hijas y su esposa sentadas alrededor de un tremendo banquete y una presencia extraña. Su hija había aprovechado la ocasión para presenetar a su novio, el hijo de una riquísima familia con tradición en la ciudad, conocido por haber tomado uno de los caballos de su padre y haberlo atado en la puerta de un bar de alterne con tan solo diecisiete años.
La cena fue un suplicio para Müller. Su hija le reprochó desde el primer momento no haberse acordado de su cumpleaños, pero sobretodo le recriminaba la falta de un regalo. Su recién presentada pareja decidió que ese era el día para demostrar cómo la educación en el dinero puede llevar a un adolescente a confundir el buen gusto con la opulencia. Su mujer, por el contrario, parecía encantada con la supuesta feminidad de sus hijas, traducida en un verdadero desprecio por lo abstracto.
Cuando acabó el acto protocolario, Müller indicó a su mujer que se iba al Pub a tomarse una copa, algo inusual en él y que confundió a todos los presentes. Cogió el gabán y se marchó del apartamento sin apenas despedirse.
Acomodado en la barra, pidió una copa de Napoleón, según me explicó. Luego otra. A su lado un hombre maduro de cara grasienta invitaba a un gin tonic a una joven que parecía más una prostituta que su amante. En una de las mesas, una pareja sorbía con parsimonia sus pintas de Guinness sin dirigirse la palabra. Un grupo de jóvenes jugaba a los dardos sin demasiado entusiasmo. Así pasó el tiempo hasta que él resultó el último cliente y el barman ya había rociado de ginebra la barra.
Fue en aquel momento cuando Müller le agarró de la solapa. Los psiquiatras afirman que ahí se dio el clic definitivo a su trastorno, cuando elucubró toda una teoría sobre la percepción de la propia psique que más allá de ser certera estaba en el marco de una ensoñación delirante que le llevaría poco después a la ejecución de todos sus familiares.
Sin más, vayamos a la entrevista.
Müller fue inicialmente condenado a ochenta años de confinamiento en el presidio por el cuádruple asesinato de su mujer, sus dos hijas y su madre. Más tarde le conmutarían la pena por reclusión sine die en el frenopático. Licenciado en la London School of Economics, hijo de una pudiente familia de ascendencia alemana, Müller era una persona que contaba con un notable éxito profesional y social. Heredó el negocio peletero de su padre y lo transformó en una franquicia de difusión mundial. Su mujer gozaba de buena reputación como profesora en el departamento de análisis corporativo de la universidad estatal. Sus hijas, una de veintiún años y la otra de diecisiete en el momento del deceso, eran buenas deportistas, decentes estudiantes y participaban de una vida social coyuntural junto a los otros vástagos de familias acomodadas de la ciudad.
El expediente de Müller estaba encabezado con la apostilla de "Oneirofrenia aguda". Esta dolencia, similar en crisis agudas con la esquizofrenia, llevaba a Müller, según los psiquiatras, a entrar en períodos de ensoñación en los que él mismo creía estar viviendo en una especie de sueño lúcido, cuya realidad era manipulable y cuyas consecuencias eran irrelevantes.
Los familiares del paciente establecieron que su primer episodio se dio en el cumpleaños diecisiete de su hija menor, Kathia. Ese día, Müller regresó muy excitado de su trabajo. Al parecer, tras cerrar unos contratos de vital importancia con unos empresarios orientales que consolidaban un año entero de trabajo, Müller se dirigió a sellarlos a la notaría. El fedatario se negó a rubricar su validez porque en su documento de identidad figuraba el nombre en su versión alemana, "Oskar", mientras que en los contratos estaba escrito "Óscar". Müller se enfureció. El notario alegó que podía llevar a confusiones. Así, el día del trato concluyó y se requeriría de una nueva cita para cerrarlo definitivamente.
Müller regresó a su casa colérico y habiendo olvidado por completo el cumpleaños de Kathia. Se encontró con una mesa preparada, sus hijas y su esposa sentadas alrededor de un tremendo banquete y una presencia extraña. Su hija había aprovechado la ocasión para presenetar a su novio, el hijo de una riquísima familia con tradición en la ciudad, conocido por haber tomado uno de los caballos de su padre y haberlo atado en la puerta de un bar de alterne con tan solo diecisiete años.
La cena fue un suplicio para Müller. Su hija le reprochó desde el primer momento no haberse acordado de su cumpleaños, pero sobretodo le recriminaba la falta de un regalo. Su recién presentada pareja decidió que ese era el día para demostrar cómo la educación en el dinero puede llevar a un adolescente a confundir el buen gusto con la opulencia. Su mujer, por el contrario, parecía encantada con la supuesta feminidad de sus hijas, traducida en un verdadero desprecio por lo abstracto.
Cuando acabó el acto protocolario, Müller indicó a su mujer que se iba al Pub a tomarse una copa, algo inusual en él y que confundió a todos los presentes. Cogió el gabán y se marchó del apartamento sin apenas despedirse.
Acomodado en la barra, pidió una copa de Napoleón, según me explicó. Luego otra. A su lado un hombre maduro de cara grasienta invitaba a un gin tonic a una joven que parecía más una prostituta que su amante. En una de las mesas, una pareja sorbía con parsimonia sus pintas de Guinness sin dirigirse la palabra. Un grupo de jóvenes jugaba a los dardos sin demasiado entusiasmo. Así pasó el tiempo hasta que él resultó el último cliente y el barman ya había rociado de ginebra la barra.
Fue en aquel momento cuando Müller le agarró de la solapa. Los psiquiatras afirman que ahí se dio el clic definitivo a su trastorno, cuando elucubró toda una teoría sobre la percepción de la propia psique que más allá de ser certera estaba en el marco de una ensoñación delirante que le llevaría poco después a la ejecución de todos sus familiares.
Sin más, vayamos a la entrevista.



